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El refranero español dice que cuando veas las barbas de tu vecino quemar pon las tuyas a remojar, y eso deberían de hacer muchas firmas de moda clásicas y consolidadas tras la reciente venta de Versace a Michael Kors.

Era la “crónica de una muerte anunciada” como la obra literaria de Gabriel García Márquez. Todos sabíamos que la firma estaba en plena decadencia y que, más tarde o más temprano, los rumores sobre su venta se harían realidad. Finalmente ayer se confirmaba la teoría que muchos defendímos a pesar de que muchos nos catalogaron de catastrofistas.

1.830 millones de euros es el valor por el que la estadounidense Michael Kors se hacía con la propiedad de la consolidada firma italiana que fuese referente en moda por tener en sus desfiles a las mejores modelos en exclusiva en aquella época dorada de las Top Models.

Muere así el concepto de empresa familiar en las grandes firmas de moda italianas, pues Versace era de las últimas firmas que habían resistido a la tendencia de pertenecer a un grupo empresarial que supusiese un conglomerado de empresas y que acabase con el control de la familia Versace sobre la firma.

Sí, la firma seguirá siendo independiente a pesar de pertenecer a Capri, como se denominará a partir de ahora el grupo de Michael Kors, y la familia Versace seguirá formando parte de los accionistas. Pero la realidad no es tan dulce como se pinta.

La muerte del carismático Gianni Versace dio paso a una etapa gris para la casa italiana que, tras varios intentos de reponerse, finalmente  logró ajustar su caja y generar beneficios en 2017 después de un 2016 en que había cerrado con 7,4 millones de pérdidas. Es cierto.

Pero también lo es que su intento de salir a bolsa se vio frustrado, entre otras cosas por la imposibilidad de justificar tal actuación y que desde 2014 la empresa ya había cedido el 20% de sus acciones al fondo estadounidense Blackstone por 210 millones de euros.

Y es que la moda es arte pero también indusria y, para poder sostenerse en el mundo del lujo es necesario también contar con unos cierres de caja que permitan financiar la producción  y afrontar los planes de expansión y consolidación, en una era de mercado globalizado, que hace que sea cada vez más difícil sobrevivir para las empresas de siempre con las fórmulas de toda la vida.

Hasta ahora se ha escrito sobre esta venta como una acción empresarial con repercusión pero sin relevancia para la marca y alejándola de cualquier interpretación negativa en lo que se refiere a su realidad económica y empresarial. Pero todo ello se hace queriendo restar importancia a una trayectoria en la que, en 2009, la empresa abandonó mercados como el japonés por falta de rentabilidad, despidió a una cuarta parte de la plantilla o aplicó reajustes del equipo organizativo.

La realidad es que Versace no ha sido ajena a la evolución de la industria de la moda, en la cual, dada la globalización del mercado, el potencial cliente no deja de admirar a las marcas de lujo y su facturación sigue siendo relevante pero, la realidad es que, dada la voracidad del Fast Fashion y la realidad económica de las clases medias altas que han pasado a ser simples clases medias o medias bajas, sus decisiones de compra no tienen a sus productos entre los primeros de la lista, incluso en algunos casos de situación más acomodada también.

A ello se suma la necesidad de multiplicar la producción de colecciones para dar respuestas a las exigencias de un sector que ahora pide además de colecciones de temporada, colecciones crucero y otras tantas propuestas diferentes que multiplican el número de productos a elaborar a lo largo de un año.

Y además, los nuevos influencers, personas de la calle, normales y sin control por parte de las firmas, que apuestan por moda más accesible económicamente y que fomentan el consumo casi obsesivo de nuevas prendas a precios bajos y propician un auge del estilo urbano, dejando la alta costura y la moda de lujo para ocasiones especiales incluso cuando pueden pertenecer a una clase acomodada que tradicionalmente invertía en firmas como Versace.

Esto ha forzado a las firmas a la creación de líneas Prêt à Porter, las mismas que para Chanel supusieron un estrepitoso fracaso en sus cuentas durante los últimos años bajo la dirección de su creadora, Gabrielle Chanel, y que llevan a una vulgarización de las firmas de lujo para llegar a un público que es el único que realmente consume de forma masiva varias veces al año y que es el que hace que firmas de moda rápida resulten más rentables por los bajos costes de producción y el elevado consumo de manera constante.

La industria ha cambiado y toca pararse a reflexionar si lo que está ocurriendo es una evolución del sector o la debacle de la moda tal y como la conocemos en beneficio del consumismo desesperado. Si hemos sustituido definitivamente calidad por novedad y bajo coste. Si hemos caído en la hipocresía del odio a la explotación laboral al tiempo que participamos de un consumismo que fomenta dicha explotación de manera exponencial.

Ha llegado tal vez una nueva etapa en la que los extremos conviven. El fast fashion y la moda responsable y ecológica que parece adquirir mayor presencia. Y mientras, las firmas del lujo y la opulencia, de producción más costosa pero no siempre respetuosas del todo con los derechos laborales y el planeta, se agrupan para resistir aunque algo desnortadas y, en ocasiones, afrontando una agonía maquillada y silenciada.

Un cambio de etapa que, sin lugar a dudas se ve reflejado en hechos como la venta de Versace pero también la decadencia de algunas de las grandes semanas de la moda como la de NY o la proliferación de nuevas semanas de la moda y ferias con un concepto más cercano y menos elitista.

Una nueva tendencia en la que la pérdida de poder de los medios de comunicación tradicionales y la multiplicación de personas con igual o mayor capacidad de influencia sobre el público objetivo a través de las redes sociales ha supuesto un punto de inflexión  indiscutible. Personas libres que opinan libremente y cuyos seguidores son más leales y ofrecen una mayor capacidad de respuesta e interacción.

Sin lugar a dudas, la moda es industria y, como tal, es víctima de una nueva era y de la evolución de la sociedad. La pregunta es: ¿Está realmente preparado el sector para afrontar esta nueva realidad? ¿Las empresas tradicionales serán capaces de sobrevivir a esta nueva era?

 

Francisco Goya

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